Acá trabajan alrededor de unos cien programadores, universitarios y ejecutivos del mundo de internet que no superan los 24 años. Nada interrumpe el silencio. Domina el ambiente un persistente olor a nuevo y sólo se advierte el movimiento de las miradas que se despegan esporádicamente de los monitores de 22 pulgadas.
Alberto Arebalos, director de comunicaciones de Google Latinoamérica, levanta la pierna sobre el escritorio y cuenta que se mudaron recién el 31 de marzo pasado. Puerto Madero, dice mientras mira los barquitos del río, fue la segunda elección después de descartar zona norte, ya que la mayoría de los trabajadores viven en la Capital.
Al llegar al comedor, otra frase, ahora escrita en un pizarrón colmado de fotos, llama la atención, no por lo que dice, sino por cómo lo dice. “We hope you enjoy the office as much as we did during the construction” (algo así como “esperamos que disfruten la oficina tanto como nosotros lo hicimos cuando la construimos”). Es que si no fuera por los nombres de las siete salas de reuniones (Mafalda, Gaturro, Clemente, Hijitus, Condorito, Miguelito y Susanita) y los de las impresoras (Maradona, Los Pumas, Las Leonas, Fangio, Ginóbili y Bastistuta)
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